viernes, 21 de octubre de 2016

Hilos

Hoy veo la vida como un hilo, una larga cuerda, como esas usadas para tender la ropa al sol. De él se desprenden hilos finos, y de cada uno de ellos cuelga un cartel. Cada cartel tiene una palabra escrita. Así, se puede leer vida, en el primero, proyectos en el segundo, seguidos ambos de ilusiones, planes, recuerdos (buenos y malos), tristezas y alegrías, éxitos y fracasos, amor, arraigo, esperanza, locuras, trabajo, estabilidad, felicidad. Todos campean al sol, movidos por el viento. De un solo tijeretazo todos pueden caer o, en ocasiones, el devenir de los acontecimientos puede ir cortando los hilos finos y entonces sentimos que, sin importar lo que hagamos por evitarlo, esos carteles irán cayendo al vacío inexorablemente. Y entonces, ¿habrá valido la pena?

viernes, 14 de octubre de 2016

Leer con las vísceras


                La semana pasada leí unas declaraciones del escritor japonés Haruki Murakami, donde sostenía que es cansón ser el eterno nominado al Nobel de Literatura. No fue exactamente “cansón” la palabra que utilizó, pero esa era la idea. Algo así como decir:

-Chicos, me tienen aburrido, a ver si terminan de dármelo de una buena vez, o de lo contrario…

                O

-Está bien, los perdono, somos humanos y podemos equivocarnos. Dénmelo de una vez, es inevitable. Acabemos con esto.

                Por supuesto que todo lo anterior es producto de mi imaginación, el escritor no pronunció ninguna de esas frases en su declaración, pero eso fue lo que inferí de ellas. Quizás fue un error de traducción, lo cual sería irónico dado que uno de los oficios de Murakami es precisamente ese, o a lo mejor yo no lo tomé bien dado que no me entusiasma el trabajo de este escritor. Lo peor de todo es que como lo leí con las vísceras cerré inmediatamente el artículo sin saber quién lo escribía y no lo puedo recuperar para una segunda lectura que quizás me permitiría salir del error, si es que este existe.
                Cuando supe que el galardón de este año había sido otorgado a Bob Dylan pasé de la sorpresa a la guasa en segundos y no pude evitar interpretar el gesto como una respuesta a las pedantes declaraciones del japonés. Quizás los señores académicos de la Fundación Nobel le mandaron un mensaje no solo a él, sino a unos cuantos egos desmedidos que andan por allí pregonando que son inobjetables merecedores del premio. Confieso que me gustó también la originalidad en esta selección en particular, la frescura. Me recordó a la página en blanco, a la libertad infinita que tenemos cuando elegimos cómo contar una historia.
                Luego llegó el momento de la reflexión seria. Veamos. Todos tenemos uno o varios favoritos al nobel. En lo personal hubiera preferido que se lo dieran a Jorge Luis Borges, cosa que a estas alturas dudo que ocurra, o a Umberto Eco, fallecido este mismo año. Lo que nos molesta o sorprende –o ambas- es que pareciera totalmente innecesario otorgarle el galardón a Dylan, un gesto impertinente que excluye a montones de escritores cuyos trabajos podemos LEER.
                Como decimos en criollo: es un arroz con mango, algo así como entregarle el Grammy Latino póstumo a Antonio Machado por los poemas que Serrat convirtió en canciones hermosísimas, con la diferencia que los versos de Machado funcionan sin música y las canciones de Dylan no. 

A las pruebas me remito. Leamos:

Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar.

O este poema de Miguel Hernández:

Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras, una esparcida frente de mundiales caballeros, cubierta de horizontes, barcos y cordilleras, con arena y con nieve, tú eres uno de ellos.

Suena estupendo en la voz de Joan Manuel.

Ambos de temática universal e imperecedera