Leer con las vísceras
La semana pasada leí unas declaraciones del escritor
japonés Haruki Murakami, donde sostenía que es cansón ser el eterno nominado al
Nobel de Literatura. No fue exactamente “cansón” la palabra que utilizó, pero
esa era la idea. Algo así como decir:
-Chicos, me tienen aburrido, a
ver si terminan de dármelo de una buena vez, o de lo contrario…
O
-Está bien, los perdono, somos
humanos y podemos equivocarnos. Dénmelo de una vez, es inevitable. Acabemos con
esto.
Por supuesto que todo lo anterior es producto de mi
imaginación, el escritor no pronunció ninguna de esas frases en su declaración,
pero eso fue lo que inferí de ellas. Quizás fue un error de traducción, lo cual
sería irónico dado que uno de los oficios de Murakami es precisamente ese, o a
lo mejor yo no lo tomé bien dado que no me entusiasma el trabajo de este
escritor. Lo peor de todo es que como lo leí con las vísceras cerré inmediatamente el artículo sin saber quién lo escribía y
no lo puedo recuperar para una segunda lectura que quizás me permitiría salir
del error, si es que este existe.
Cuando supe que el galardón de este año había sido
otorgado a Bob Dylan pasé de la sorpresa a la guasa en segundos y no pude
evitar interpretar el gesto como una respuesta a las pedantes declaraciones del
japonés. Quizás los señores académicos de la Fundación Nobel le mandaron un
mensaje no solo a él, sino a unos cuantos egos desmedidos que andan por allí
pregonando que son inobjetables merecedores del premio. Confieso que me gustó
también la originalidad en esta selección en particular, la frescura. Me
recordó a la página en blanco, a la libertad infinita que tenemos cuando elegimos
cómo contar una historia.
Luego llegó el momento de la reflexión seria. Veamos. Todos tenemos uno o varios
favoritos al nobel. En lo personal hubiera preferido que se lo dieran a Jorge
Luis Borges, cosa que a estas alturas dudo que ocurra, o a Umberto Eco, fallecido
este mismo año. Lo que nos molesta o sorprende –o ambas- es que pareciera totalmente
innecesario otorgarle el galardón a Dylan, un gesto impertinente que excluye a
montones de escritores cuyos trabajos podemos LEER.
Como decimos en criollo: es un arroz con mango, algo
así como entregarle el Grammy Latino póstumo a Antonio Machado por los poemas
que Serrat convirtió en canciones hermosísimas, con la diferencia que los
versos de Machado funcionan sin música y las canciones de Dylan no.
A las pruebas me remito. Leamos:
Caminante, son tus huellas el
camino, y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
Al andar se hace camino, y al
volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino, sino
estelas en la mar.
O este poema de Miguel
Hernández:
Si hay hombres que contienen
un alma sin fronteras, una esparcida frente de mundiales caballeros, cubierta
de horizontes, barcos y cordilleras, con arena y con nieve, tú eres uno de
ellos.
Suena estupendo en la voz de Joan Manuel.
Ambos de temática universal e
imperecedera